Ciudadanos digitales y aterrorizados: hablen con su tatarabuelo

Por: <br><strong>Martín Sacristán</strong>

Por:
Martín Sacristán

Las corrientes de opinión sobre la tecnología se han alternado en nuestra sociedad, oscilando entre la esperanza y el pesimismo, desde que empezamos a trabajar con máquinas. Ahora, convertidos en ciudadanos digitales por esas nuevas formas de relacionarnos con las empresas, la administración, y el ocio, vuelve a predominar el miedo.
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Martín Sacristán

Los periodistas culturales de nuestro país son una de sus más claras manifestaciones. El 70% son tecnopesimistas. Y porqué debería importarnos la sección cultura. Porque crea y exacerba una corriente de opinión que es, además, tendencia mayoritaria en la ficción. Con tres ejemplos muy recientes, Upload (serie de Amazon), No mires arriba (película en Netflix) y El sueño chino, de Ma Jian, Random House. 

Dos preocupaciones dominan, la distante, creer que robots e inteligencias artificiales nos dejarán sin trabajo; y la inmediata, que la cesión de nuestros datos personales nos convierta en rehenes de las tecnológicas, o en elementos de un estado que vigile hasta nuestras actividades más íntimas. Y al menos en Europa, esta preocupación no está justificada.

La UE es la mayor protectora de los derechos digitales gracias al Reglamento de Protección de Datos Europeo, el GPDR. Todas las apps y desarrollos tecnológicos se han adaptado a esa regulación. Somos un referente en ciberseguridad, entendida en su sentido más amplio, como protección de la actividad digital en todas sus facetas. 

Lo acabamos de ver con el órdago de Zuckerberg, avisando que apagaría Facebook e Instagram en Europa si no le permitían llevarse a EE.UU. los datos de sus clientes. Cuando el primer ministro francés Bruno Le Maire y el de economía alemán Robert Habeck le respondieran que podríamos vivir muy bien sin Facebook, la compañía desmintió haber dicho tal cosa. Lo relevante, aquí, no es la enésima anécdota de Meta, sino que estos dos mandatarios hayan expresado esa opinión generalizada, ligada al temor, de que los productos de las tecnológicas nos perjudican. 

Un temor irracional, porque la seguridad existe, y los datos están controlados en cualquiera de los tres modelos de ciudadanía digital. En el chino autoritario, donde los datos del ciudadano digital pertenecen al estado. En el estadounidense, que los ha dejado en manos de las empresas privadas, aunque ahora muchos estados tradicionalmente demócratas, como California, hayan empezado a introducir regulaciones semejantes al GPDR. Y finalmente, en el europeo, donde los datos son privativos del ciudadano. Regulaciones distintas, medidas efectivas, y un mismo miedo compartido por los ciudadanos de estas tres ciudadanías digitales tan distintas entre sí. 

Entenderemos mejor porqué si hablamos de Lord Byron. El poeta inglés, sí. Excesivo como era, y arrasado por los escándalos en la puritana sociedad británica, decidió largarse de allí en la primera autocaravana de la historia. Recorrió Europa, se asentó en Italia primero y luego en Grecia. ¿Saben lo único que no llevaba consigo? Un pasaporte. 

Tan solo hace cien años que estructuramos los estados con documentos que nos convirtieron en ciudadanos exclusivos de países. Pasaportes ligados al lugar de nacimiento, DNIs identificativos, números de la seguridad social. Byron diría que nos han tiranizado. Ahora la tecnología nos hace dar un paso más, y los estados nos convierten en ciudadanos digitales. Y no podemos ser ingenuos. El margen de libertad absoluta que restringieron aquellos documentos «tiránicos» se reducirá aún más ahora. Cosas como mantener el anonimato en un espacio público o pagar en B serán casi imposibles. Otra cosa es que eso vaya a conducirnos a una distopía. 

Nuestros estados estructurados con ciudadanías legales han facilitado el bienestar, y la evolución tecnológica puede traernos un bienestar aún mayor. En cuanto a los datos, a menudo olvidamos los que debemos entregar para adquirir la condición de ciudadanos adultos. Si pudiéramos explicar a nuestro tatarabuelo que al emitir el DNI la policía registra nuestras huellas digitales, nos preguntaría bajo qué clase de tiranía opresora estamos viviendo. 

Pero el tatarabuelo empezaría a dudar cuando le explicáramos que también entregamos nuestros datos a empresas a cambio de suscripciones gratuitas a información o aplicaciones. Gratis no, matizaría, por un intercambio, admisible si es justo. El tatarabuelo no necesitaría explicaciones para entender por qué nuestra imagen en internet, todo lo que hemos subido como comentarios, fotos, etc. constituye un perfil que puede condicionar nuestra contratación, participación política, etc. Él también se preocupaba de tener una imagen de buen ciudadano, yendo a los servicios religiosos y cuidando dónde hablaba mal contra el rey.

Vivimos un proceso histórico tan decisivo como el de nuestros tatarabuelos, porque vamos a convertirnos masivamente en ciudadanos digitales. Para hacer esa transición adecuadamente necesitamos ciberseguridad, entendida en un sentido mucho más amplio que el actual. Nuestro bienestar inmediato va a depender de que esté regulada y bien diseñada, y que participe de las demandas sociales. Como europeos tendremos que defender además que eso debe hacerse desde el respeto a los derechos y las libertades ciudadanas de nuestras constituciones. Que llegaron, por cierto, después de Lord Byron. El poeta de nuestros tatarabuelos, y el primero en escribir una distopía cuando llegó aquel año sin verano de 1816. Un episodio tan impactante como nuestra pandemia, y desde el que hemos llegado a un futuro mejor. 

Información adicional

Upload. Serie de TV. En una sociedad futura, las personas pueden descargar su conciencia en un servidor para seguir viviendo tras su muerte, con la esperanza además de ser reimplantados en un cuerpo clonado en el futuro.

No mires arriba. Película. Una sátira sobre el papel de la política, la ciencia y las corrientes de opinión en la sociedad, que se ponen en marcha cuando se detecta que un asteroide como el que extinguió a los dinosaurios impactará con la Tierra

El sueño chino. Novela. Las autoridades de China consiguen implantar sueños en la conciencia dormida de sus ciudadanos, ampliando el control sobre el individuo. El autor es chino, y hace una crítica de su país ridiculizando la obsesión de control de sus autoridades.

Las peregrinaciones de Childe Harold. Este poema clásico de Lord Byron, que inauguró el héroe romántico, expresa el miedo al futuro de las generaciones que vieron las guerras napoleónicas y las promesas de la Revolución Francesa. Una distopía porque su mundo, como el nuestro, había cambiado, y aquel cambio les provocaba temor. El poeta lo escribió además después del año sin verano en que estuvo acompañado de Mary Shelley -que escribió Frankestein- y de su médico Polidori, el cual inauguró el primer relato vampírico, precedente de Drácula. Puro miedo al futuro. 

Martín Sacristán

Periodista y escritor. Miembro del Consejo Editorial de Bifurcaciones. Narra la actualidad contemporánea cada semana en JotDown. Escribe sobre ciencia y tecnología del deporte para el Barça Innovation Hub del F.C. Barcelona. Colabora en la revista El Ciervo. Es autor de libros de ensayo y ficción.