Transición energética, más allá de la descarbonización, una gran oportunidad de inversión para las próximas décadas

Por: <br><strong>Juan Diego Bernal</strong>

Por:
Juan Diego Bernal

Hasta hace poco, la cadena de valor de la energía era lineal y, en cierta medida, predecible. La energía eléctrica se producía en grandes plantas basadas en combustibles fósiles y se transportaba hasta el cliente final a través de infraestructuras, estaban perfectamente diseñadas para absorber de manera flexible la demanda.
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Juan Diego Bernal

La energía es uno de los pilares fundamentales de la sociedad moderna y, ahora más que nunca, se ha convertido en un tema de relevancia crítica para nuestro día a día. En efecto, estamos en un momento de transición, marcado por la necesidad de descarbonizar la economía, dado que el crecimiento basado en combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), tal y como veníamos haciendo hasta ahora, parece que ya no es sostenible. Estamos inmersos en una nueva era marcada por la transformación estructural del modelo energético, impulsada por la política internacional, la innovación tecnológica y la evolución de la sociedad. Todos estamos cambiando nuestros patrones de comportamiento a gran velocidad, lo que conlleva una transformación profunda del modelo energético en múltiples escalas. 

Sin embargo, este paradigma está cambiando a un ritmo vertiginoso. Los avances tecnológicos han hecho que la generación de energía solar y eólica sean rentables en numerosos lugares del mundo. Según Bloomberg New Energy Finance (BNEF), se espera que la capacidad renovable aumente un 18 % en el 2023 en todo el mundo, alcanzando un nuevo récord de 450 GW instalados. De hecho, la energía renovable es más competitiva que nunca y sus costes continúan disminuyendo, lo que impulsa una mayor adopción de estas fuentes de energía, tanto a gran escala en plantas centralizadas, como a pequeña escala en instalaciones de autoconsumo distribuida, revolucionando la relación del consumidor con la energía. Ahora, el consumidor se convierte en prosumidor, es decir, puede generar y consumir electricidad en su hogar o negocio, reduciendo su dependencia del sistema eléctrico y minimizando las pérdidas por transporte. Esta transformación abre nuevas oportunidades de negocio, como las comunidades energéticas o la venta de energía entre particulares. 

Además, la electrificación de los usos finales de la energía, incluyendo la adopción del vehículo eléctrico, está en pleno auge. En efecto, las ventas de vehículos eléctricos siguen al alza, en una progresión imparable, esperando vender 13 millones de nuevos vehículos ligeros en 2023. La presencia de vehículos eléctricos en nuestras carreteras se multiplicará en la próxima década, lo que tendrá un gran impacto en la gestión del sistema eléctrico. 

Este panorama presenta desafíos de diversa índole, ya que la naturaleza intermitente de la generación renovable limita su adopción masiva. Además, existen sectores como el transporte de mercancías de larga distancia, el transporte marítimo o la aviación, así como esquemas industriales que requieren altas temperaturas, que no pueden electrificarse en el corto plazo debido, sencillamente, a la falta de tecnología adecuada. Por lo tanto, es esencial encontrar alternativas innovadoras a la electrificación en estos sectores sin necesidad depender de los combustibles fósiles. 

Para superar el reto de la transición energética se necesitan volúmenes ingentes de inversión. Según el New Energy Outlook de BNEF, el mundo necesita invertir un total de 8.300 billones de dólares en el despliegue de energías renovables entre 2023 y 2030, con el fin de alcanzar los objetivos Net Zero en 2050, manteniendo el calentamiento global por debajo de los 2 °C. Esto equivale, sólo en solar fotovoltaica de pequeña escala, a 590.000 millones de dólares por semestre. 

Sin embargo, creo que la transición energética no avanzará a la velocidad requerida si sólo nos enfocamos en aumentar la inversión en infraestructura, ya sea renovable, de recarga de vehículos eléctricos, de almacenamiento energético, o de hidrógeno. Necesitamos tecnología habilitadora que orqueste, eficiente y habilite la penetración de toda esa infraestructura de forma inteligente, es más, necesitamos tecnología que empodere a los usuarios finales para que participen activamente en el sistema eléctrico, volviéndolo más resiliente y flexible. Esto incluye, por mencionar sólo algunas, soluciones digitales que anticipen la demanda eléctrica y maximicen la eficiencia energética, tecnologías que roboticen y automaticen la gestión de parques renovables, sistemas de gestión energética que hibriden de forma holística activos renovables para hacerlos gestionables y maximizar el retorno financiero o tecnologías que capturen y utilicen el CO2 para la síntesis de materiales. 

Todo ello es un desafío complejo, mayúsculo, que requiere la colaboración sinérgica de empresas, academia, inversores, reguladores y autoridades. En ese sentido, desde los organismos públicos europeos y nacionales, se está trabajando en definir un marco normativo estable a largo plazo, así como en apoyar la inversión a través de la inyección de dinero público en diversos formatos y planes: asignaciones a fondos de inversión, planes de colaboración público-privados, incentivos, subvenciones, etc., destinados tanto a la inversión en infraestructura como a tecnologías habilitadoras, para favorecer que la transición energética se consolide en su conjunto. De hecho, cabe destacar que las inversiones en el ámbito de Climate Tech están incrementándose en casi un 70% desde el 2020, siendo la inversión destinada a la energía la mayor de todos los sectores.

Estamos, en definitiva, ante un reto de gran escala, que seguramente marcará el devenir de la economía mundial en las próximas décadas y todos debemos aunar fuerzas para impulsar y escalar tecnologías. Sobre todo, aquellas tecnologías e innovaciones que ya han trascendido la etapa de investigación y que aún no están en manos de grandes corporaciones, sino que han sido desarrolladas por empresas jóvenes de gran potencial y rápido crecimiento. Estas empresas desarrollan productos tecnológicos ágiles y adaptados al mercado, pero a menudo necesitan inversión externa para escalar sus modelos de negocio. Aquí estamos hablando sobre todo de inversiones de Venture Capital en Climate Tech que es, hoy por hoy, uno de los nichos de inversión de mayor crecimiento desde hace años y que, sin lugar a dudas, será unas de las áreas de inversión más atractivas para inversores en el corto y largo plazo. En efecto, la inversión en empresas enfocadas en la transición energética y Climate Tech ha crecido considerablemente desde 2020 y se espera que siga siendo así por mucho tiempo ya que son compañías soportadas por un fundamental radical: presentan soluciones específicas a retos concretos para afrontar la transformación estructural del sector energético, y, por ello, se convierten en un elemento esencial para el desarrollo sostenible de nuestra sociedad.
Es el momento de tomar posiciones a nivel inversor, a través de fondos tecnológicos y de infraestructura sostenible, que sean capaces de abordar dichos retos desde una perspectiva neutra y diversificada, con el fin de maximizar de este modo la captura del valor que nos depara este prometedor futuro.

Juan Diego Bernal

Juan Diego Bernal lidera el fondo A&G Energy Transition Tech Fund FCR, enfocado en acelerar la transición energética mediante inversiones en tecnología. Comenzó su carrera en Repsol, desarrollando negocios en Asia y Europa y luego se sumergió en el venture capital, especializándose en transición energética. Entre 2011 y 2019, se enfocó en la gestión activa de inversiones y participó en la creación del Oil & Gas Climate Initiative. Desde 2020, ha desarrollado productos tecnológicos para la transición energética en Repsol. Actualmente, su fondo de €150m invierte en empresas que promueven la descarbonización y la generación de energía sostenible.